La IA no te hace más tonto. Pero la dependencia pasiva sí.
Dos desarrolladores usan la misma herramienta. Uno pregunta “¿por qué funciona esto?” mientras codifica. El otro pregunta “¿cómo hago X?” y sigue adelante.
Al final, uno mantiene su comprensión intacta. El otro la pierde gradualmente.
La diferencia no está en la herramienta. Está en cómo la usas.
Uno trata la IA como tutor que explica el camino. El otro como máquina expendedora que dispensa respuestas.
Y aquí está lo interesante: la ganancia de productividad fue marginal. Dos minutos más rápido, tal vez. Pero la brecha de aprendizaje fue real.
Porque esos dos minutos ahorrados hoy se convierten en horas perdidas mañana, cuando encuentras un bug que no entiendes o un problema que no sabes cómo abordar.
Esto no es solo sobre programadores. Es sobre cualquiera que trabaje con conocimiento y tenga acceso a estas herramientas.
La pregunta no es si usar la IA.
Es si estás dispuesto a hacer las preguntas que la convierten en algo más que un atajo.