La mejor tecnología no es la que resuelve problemas. Es la que nos hace sonreír sin razón aparente.
Escribí eso hace unos días y los comentarios me sorprendieron. “Uff, no la conozco todavía.” “¿Dónde encuentro esa tecnología?” “Yo solo veo herramientas que me frustran.”
Y me di cuenta de algo incómodo.
Para muchos, la tecnología nunca ha generado esa sonrisa.
Aún recuerdo cuando en 2008, Steve Jobs sacó un MacBook Air de un sobre de manila. No resolvía un problema que tuviéramos. Nadie estaba sufriendo porque sus laptops no cabían en sobres. Pero ahí estábamos, sonriendo como idiotas frente a la pantalla.
O aquella vez en 1999 cuando pasó un iBook por un aro de hula hula para demostrar que no tenía cables y sí tenía internet. WiFi. Algo que ahora es tan obvio que ni pensamos en ello. Pero ese día fue magia visible.
En 2001, mil canciones en algo del tamaño de una cajetilla de cigarrillos.
O en 1984, la primera vez que una computadora se presentó a sí misma. “Hello, I am Macintosh.” Una voz robótica saliendo de una caja beige. Nadie necesitaba que una computadora hablara. Pero cuando lo hizo, algo cambió en cómo pensábamos sobre las máquinas.
Eso no era utilidad. Era asombro.
Y el asombro es una emoción rara. No se puede fabricar con features. No se logra con especificaciones técnicas. No aparece porque algo sea “mejor” que lo anterior.
Aparece cuando algo cambia cómo pensamos sobre lo posible.
Pero hoy esperamos que todo sea increíble. Que todo sea más rápido, más inteligente, más conectado. Y cuando llega, nos encogemos de hombros. “Claro, eso ya se podía hacer.”
No es que la tecnología sea peor.
Es que nosotros nos hemos vuelto imposibles de sorprender.
Pedimos que la IA escriba ensayos completos, que genere arte en segundos, que anticipe lo que queremos antes de que lo sepamos. Y cuando lo hace, no sonreímos. Nos quejamos de que no es perfecto. O peor: lo damos por sentado.
Cuando algo te hace sonreír así, es porque te conecta con una posibilidad que no sabías que existía. Te muestra que el mundo puede ser diferente de como lo imaginabas.
Y eso requiere algo de nosotros.
Requiere estar presente, con curiosidad, sin llegar con la lista de todo lo que la tecnología debería hacer. En lugar de eso, preguntarse: ¿qué puede hacer esto que no esperaba?
Los que sonreímos viendo a Steve sacar una laptop de un sobre no éramos más ingenuos.
Estábamos más dispuestos a asombrarnos.
¿Cuándo fue la última vez que una tecnología te hizo sonreír? No porque funcionó bien. No porque te ahorró tiempo. Sino porque te mostró algo que no sabías que era posible.
Si no recuerdas cuándo, tal vez el problema no es la tecnología.