Ayer conté la historia de una empresa que soltó su producto y siguió existiendo.
Hoy va la contraria.
Polaroid nació de una pregunta. En unas vacaciones familiares, la hija de Edwin Land le preguntó por qué no podía ver ya la foto que él acababa de tomarle. De esa impaciencia infantil salieron la cámara instantánea y una visión: nadie debería esperar para ver sus recuerdos.
La visión era correcta. Tan correcta que hoy la cumplimos casi todos, todos los días. Tomamos la foto, la vemos al instante, la compartimos al segundo.
Solo que no la cumplió Polaroid.
La cumplió el celular que llevas en el bolsillo.
Polaroid vio venir lo digital. Llegó a vender cientos de miles de cámaras digitales, encabezando las grandes cadenas de Estados Unidos. Quebró poco después.
Porque el negocio de Polaroid era la película. Cada foto tomada era una venta. Podía fabricar el vehículo nuevo, pero el modelo que pagaba sus cuentas apostaba a que la gente siempre querría la copia física, tocable, revelándose en la mano.
El mundo llegó a su visión por otro camino. Sin ella.
Sí, hoy vuelves a ver cámaras Polaroid. Como el vinilo volvió. Pero la empresa que quebró y la que hoy vende esas cámaras son dos distintas: fans que amaban tanto el objeto que compraron la última fábrica de película, y años después, el nombre. El objeto sobrevivió como reliquia. La empresa que lo inventó se quedó en el camino.
Hay una diferencia entre renacer como nostalgia y haber ganado.
Nokia cambió tanto que dejó de parecerse a sí misma, y sigue siendo ella. Polaroid siguió pareciéndose a sí misma hasta el final, y ya no es ella.
Tener la visión correcta no alcanza.
Hay que estar dispuesto a soltar el vehículo para llegar a tu propio destino.
O ver, desde la orilla, cómo llegan otros.
PD: Polaroid es un viejo amor. Hace años, cuando su renacimiento apenas comenzaba, escribí su historia completa: la vida, la muerte y lo que vino después. Aquí está: La vida, muerte y renacimiento de Polaroid