Un hackathon sin lo que define a un hackathon.
Ayer fue la primera Unhackathon en Medellín, dentro del capítulo de AI Tinkerers. Cuarenta builders en una sala. Sin PowerPoints. Sin jueces. Sin tema obligatorio. Solo gente que quería construir cosas, construyéndolas.
Las reglas cabían en tres líneas: cero pitches de ventas, sin premios, construye lo que quieras.
Y eso fue suficiente para que llegaran los que tenían que llegar.
Uno estaba avanzando su asistente de voz con un ESP32. Otra llevaba semanas esperando cinco horas sin interrupciones para avanzar su proyecto. Alguien más empezó algo desde cero solo porque por fin tenía el espacio para hacerlo.
Llegó incluso un ejército de Claws impresos en 3D con un letrero que decía “I ship code, I don’t read.”
Yo estuve mejorando a Sofía, mi asistente de voz conectada a OpenClaw. Cinco horas después, Sofía seguía teniendo cara de pocos amigos en su pantallita TFT. Pero ya conectaba mejor. A veces construir es eso: terminar el día con el mismo problema, pero entendiéndolo más.

Me faltó la estructura clásica de un hackathon. El reto unificado, los mentores rondando las mesas, el momento dramático de la presentación final. Y sin embargo, no me faltó nada importante.
Lo que vi ayer no fue lo que pasa cuando la gente compite. Fue lo que pasa cuando la gente simplemente hace.
La diferencia es más grande de lo que parece.
Los hackathones tradicionales atraen builders que también quieren ganar. La Unhackathon atrajo solo a los que querían construir. No es que uno sea mejor que el otro. Es que son eventos distintos para momentos distintos.
Y resulta que había mucha gente esperando ese momento.
¿Cuántas cosas tienes a medio camino esperando cinco horas sin interrupciones?