Derek, el fundador de Startup Grind, prohibió los paneles durante años.
Tenía razón.
Esta semana, en una conferencia global sobre el futuro de la educación, vi exactamente por qué.
Cuatro personas en el escenario. Tres expertos con slides. Un moderador. Cuarenta y cinco minutos totales.
Haz las cuentas: ocho minutos por persona. Pero no ocho minutos hablando. Ocho minutos incluyendo las transiciones, los aplausos corteses, los “muchas gracias por esa pregunta…”
Y mientras uno habla, los otros tres esperan.
Expertos sentados. En silencio. Mirando al frente.
El formato está roto desde el diseño.
La alternativa es obvia:
Tres charlas de quince minutos cada una, seguidas de una conversación entre los tres, habría sido infinitamente mejor. Cada experto con espacio para desarrollar una idea completa. Luego, la colisión de esas ideas en diálogo real.
Pero hay algo más.
No todos saben moderar. Y la mayoría de los moderadores están pensando en su siguiente pregunta mientras el panelista habla.
Los vi cortar ideas a medio desarrollar. Vi oportunidades perdidas cuando alguien decía algo inesperado y el moderador seguía su guion mental en lugar de explorar esa grieta en la conversación.
Escuchar es un acto generoso. Requiere estar presente, no preparado.
Y existe esta regla no escrita: cada pregunta debe recorrer toda la mesa. Como si fuera de mala educación que alguien no opine sobre algo.
Pero no todas las preguntas son para todas las personas.
A veces la mejor conversación sucede cuando dos personas van profundo mientras tres observan.
No me malentiendan, amé la conferencia. Aprendí, pude ver lo que hacemos desde otra óptica. Salir a veces nos hace valorar lo que tenemos. Me llevo ideas sobre el futuro de la educación.
Pero odié los paneles.
Derek lo prohibió no por capricho.
Lo prohibió porque entendió algo simple: el tiempo de las personas merece un formato que lo respete.
Los paneles, tal como los hacemos, rara vez lo logran.