Las piezas de LEGO conectan con precisión microscópica. Suficiente margen para encajar, no tanto para desmoronarse.
Nuestra atención pide la misma ingeniería.
Steve Jobs caminaba para resolver problemas. No por ejercicio, sino por forma: movimiento sin destino, ideas sin conclusión. Bloques que encajan. Flow.
Pero un correo urgente a mitad de un problema difícil no es solo una interrupción. Una notificación de Slack mientras escribes. Cinco minutos de scroll que destruyen dos horas de concentración. Piezas de otra marca.
No perdemos tiempo, perdemos la estructura. Como un castillo hecho con genéricos que se cae al primer toque.
En 2005, LEGO casi quiebra por exceso de especialización: miles de piezas únicas, parques temáticos, videojuegos. Su salvación fue cortar complejidad y volver al sistema universal de bloques interconectables.
Nosotros hacemos lo opuesto. Cada vez más apps únicas, herramientas de un solo uso. Fragmentación disfrazada de productividad.
La IA promete unirlo todo. “Resumiré la reunión para que no pierdas tu trabajo profundo.” “Mantendré el contexto mientras cambias de tarea.”
Tal vez.
O tal vez es otro bloque especializado más. Una notificación que te saca del flow para preguntarte si quieres resumir lo que aún no terminaste de pensar.
La pregunta no es si la herramienta es potente.
Es si la pieza encaja.
Quizás el trabajo real no es conectar más rápido, sino reconocer qué bloques nunca deberían tocarse.
Caminar y pensar. Crear y desconectar.
Sin forzar.