El camino de deseo

La parte difícil de automatizar nunca fue construir la herramienta. Es ver que la tarea existe.

Antes de la carretera hubo una trocha. Antes de la trocha, animales cruzando por donde el terreno lo permitía. La mayoría de las rutas viejas se construyeron encima de un camino que ya existía.

Los urbanistas le pusieron nombre: camino de deseo. La huella que aparece donde la gente cruza, aunque la acera vaya por otro lado.

Una empresa está llena de caminos de deseo. La hoja de cálculo que reemplazó al sistema oficial porque el sistema no permite la excepción, el correo con el adjunto que va y viene entre áreas cada lunes desde hace años y que ya nadie recuerda quién empezó.

La parte difícil de automatizar nunca fue construir la herramienta. Es ver que la tarea existe. Quien la hace lleva tanto tiempo cruzando por el pasto que ya no distingue la huella del césped.

Por eso darle Claude a toda la empresa cambia tan poco. La mayoría no construye herramientas y no ve la tarea automatizable que tiene enfrente. Lo que falta es alguien que camine por la oficina y diga: esto se puede hacer distinto.

Hace unos días publicamos un manifiesto sobre unicornios, la gente que convierte la herramienta en hábito. Leyendo a Benedict Evans entiendo mejor qué hacen antes de convertir nada. Caminan la oficina mirando el pasto.

Un ejercicio: trae un problema concreto de tu semana y ponlo enfrente del modelo. Da igual lo que salga. Ya viste la huella.

El pavimento se volvió barato. Ver el camino sigue costando lo mismo.

¿Cuál llevas años pisando sin mirarlo?

P.D. El ensayo de Benedict Evans es “AI, tools and transformation”, publicado ayer. Ahí está la frase que me quedó dando vueltas: pavimentar el camino de deseo y pagarle a alguien para dejarlo en piedra.

El Manifiesto unicornio, del que hablo arriba, está aquí.



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