Al terminar una charla con su equipo directivo, la CEO se me acercó a agradecer. Y en medio del agradecimiento, me dijo algo que no se me olvida.
“Me siento quedada con la IA.”
No lo decía con vergüenza. Lo decía con honestidad.
Duolingo vivió algo parecido, en público. Luis von Ahn anunció que evaluaría a sus empleados por cuánto usaban IA. Meses después, retrocedió. La gente empezó a usar IA donde no servía, solo para cumplir la métrica.
Von Ahn lo admitió sin rodeos: estábamos midiendo el uso, no el valor.
Eso es lo que pasa cuando la pregunta es “¿cuánto?” en lugar de “¿para qué?”.
Lo más revelador: Von Ahn, que abraza la IA más que casi cualquier otro en su industria, dijo que sus mejores diseñadores hacen cosas que la IA todavía no puede. Sin disculpas. Sin nota de pie.
No es contradicción. Es criterio.
La CEO que me habló esta semana no está atrás. Está haciendo exactamente esa pregunta: no cuánta IA uso, sino dónde me ayuda a crear más valor del que creo hoy.
Esa sensación de estar quedada que me confesó no es el problema. Es la señal. El primer movimiento no es implementar: es explorar. Elegir dos o tres momentos concretos de la semana donde sospechas que la IA podría ayudarte a pensar mejor, decidir más rápido, o crear algo que hoy te cuesta. Solo ahí. Y al final preguntarte no si la usaste más, sino si te fue útil de verdad.