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Sobrevivir a su propio nombre

Clawd era el bot personal de Peter Steinberger. Vivía en su Mac Studio en Viena, corría en Opus 4.5, y el nombre era un homenaje obvio: “Claude con una w.”

Era personal. Era un guiño. Era claramente inspirado en Claude de Anthropic.

Cuando el proyecto se popularizó y se convirtió en Clawdbot, algo cambió. Ya no era solo un bot personal con un nombre juguetón. Era un proyecto público que miles de personas estaban usando, discutiendo, recomendando.

Anthropic actuó.

Ahora es Molty. El proyecto es Moltbot.

Y aquí está la parte que incomoda: defender una marca registrada no se siente bien cuando el proyecto original era claramente un homenaje, cuando hay cero confusión maliciosa, cuando la comunidad indie solo quiere jugar con las herramientas que ama.

Pero hay algo que perdemos en esa incomodidad.

Un nombre no es solo un nombre. Es la promesa que haces cada vez que alguien lo escucha. Es la confianza acumulada en miles de interacciones. Es lo que permite que “Claude” signifique algo específico cuando alguien lo menciona en una conversación, en un contrato, en una decisión de compra.

No defender nuestra marca no es generosidad. Es disolución gradual.

Porque si “Claude con una w” está bien cuando es privado pero problemático cuando es público, ¿dónde trazamos la línea? ¿En 100 usuarios? ¿En 1,000? ¿Cuando alguien empieza a cobrar por ello?

Esperar demasiado convierte la protección en agresión percibida.

El cambio a Moltbot no detuvo la innovación. El proyecto sigue vivo. La comunidad sigue ahí. Lo que cambió fue solo el envoltorio, no el motor.

Y eso es precisamente el punto: cuando un proyecto realmente innova, puede sobrevivir a su propio nombre.

Lo que no puede sobrevivir es que “Claude” deje de significar Claude.

La frontera entre identidad y ruido no es vanidad. Es la única razón por la que un nombre puede seguir siendo una promesa.


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